Hace casi un año a contar desde el momento en que escribo unas líneas, publiqué una entrada en este blog manifestando mi contrariedad por la creciente complejidad de las contraseñas.
Si ya lo decía yo...
Como usuario informático tengo que manejar mis propias contraseñas teniendo siempre muy presente la necesidad de custodiarlas y, por supuesto, de atribuirlas una robustez que sea razonable.
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Contraseña de lanzamiento = 1234 (espero que no) |
La idea central es que si la contraseña es tan complicada al final el usuario terminará comprometiendo la seguridad por otro sitio. Claramente, peor el remedio que la enfermedad.
Al final me han dado la razón
Un gurú de la seguridad llamado Bill Burr parece que ha rectificado y le da un giro de 180º a sus propias directrices.
Bill Burr (de NIST) rectifica
Y al hilo de este, el blog Una-al-dia se ha hecho eco de la noticia. Reproduzco el artículo relacionado porque me parece muy interesante. Seguro que lo sabreis apreciar.
La respuesta definitiva a la pregunta sobre las contraseñas, la seguridad y todo lo demás
Probablemente, el nombre de Bill Burr no te suene a nadie en particular, a
menos que las publicaciones especiales del NIST sean tu nicho favorito de
lectura en cuanto a literatura moderna se refiere. Burr es, ni más ni menos, el
“culpable” de que cuando te piden un consejo acerca de la elección de
contraseñas seguras, le digas al amigo de turno: “larga, no menos de 8
caracteres y sobre todo añade caracteres especiales mezclados con mayúsculas”,
para terminar, como diría Bond: “mezclados, no agitados”.
El bueno de Burr ha confesado, desde su retiro como jubilado, que esa
recomendación que él mismo escribió de su puño y letra en 2003, no era ni mucho
menos la más adecuada. “Me equivoqué”. La entrevista completa fue publicada
hace una semana en el Wall Street Journal
(paywall). Sin embargo, aunque admite
que su contribución hizo más mal que bien, el artículo deja entrever el contexto
en el que el entonces analista tuvo que desenvolverse: prisas y presiones por
acelerar la publicación de la guía, casi nulo conocimiento práctico en aquella
época sobre la gestión de contraseñas, etc.
No hay nada que culpar. La norma ha estado vigente durante años, casi década
y media, hasta que el NIST ha actualizado dicha guía
el pasado mes de junio,
cambiando y desaconsejando este tipo de política de contraseñas. ¿Por
qué? Son
difíciles de gestionar, debido fundamentalmente a que una contraseña
debería
ser algo que “sabes”, pero si se genera de manera muy compleja, termina
en un
post-it; luego se transforma de “algo que sabes” a “algo que tienes”.
Dad una
vuelta por una oficina y veréis esos papelitos amarillos deseando
confesaros la
contraseña del WiFi corporativo o el acceso a un escritorio remoto (un
clásico cuando desde Auditorías hacemos una visita física).
Otro problema con la guía fue lo rápido que sentó cátedra. No es para
menos, una enorme cantidad de normativas, certificaciones de seguridad y
políticas de seguridad han seguido letra a letra copiando el mantra de las
contraseñas complejas. Una falsa concepción de seguridad que todos (o casi
todos) dábamos por sentado que era el camino a seguir. Además, en la guía
también se aconseja “renovar la contraseña cada 90 días mínimo”. Esto último
solo complica aún más la situación, debido a que una gran mayoría de personas
no utiliza un gestor de contraseñas, e incluso aun usándolo hay que ser
consciente de que estamos depositando todo el llavero en un único punto de tensión.
Si el gestor cae, todo se derrumba.
Un visionario de esta situación (como de tantas otras) fue el conocido
ilustrador Randall Munroe, autor de la siempre sagaz tira XKCD. En la número
936 ya nos explicaba el sinsentido de elegir contraseñas complejas versus la
simple elección de cuatro palabras elegidas con aleatoriedad. Todo un clásico
de la temática, que incluso nos incluye la entropía de Shannon y el tiempo
estimado de resistencia al ataque por fuerza bruta. Todo ello explicado de
forma gráfica y sencilla.
Entonces ¿Cuál es la forma correcta?
Lo tenemos fácil. Irónicamente debemos seguir la guía del NIST, la nueva versión, y cruzar los dedos para que dentro de unos veinte años no volvamos a
leer un nuevo artículo de Paul A. Grassi, uno de los autores de la revisión,
diciendo aquello de “…fue un error”.
En primer lugar, la guía pone de manifiesto una de nuestras tantas
limitaciones, la incapacidad de memorizar contraseñas complejas. Ante esta
situación el ser humano tiende a…hacer el mínimo esfuerzo. Esto es, o elegir
una contraseña trivial del tipo “12345” o apuntarlo en un papel (recordad “saber”
-> ”tener”). Incluso con las reglas de composición de algunos sitios web,
esas que nos hacen inventar dos millones de veces una contraseña hasta aceptar
el formulario, la experiencia que se tiene tras los hackeos y volcados de
hashes es negativa. La conclusión es que este tipo de contraseña no es tan
segura como se pensaba y encima es nefasta para la usabilidad.
En la nueva guía se aconseja que las contraseñas sean razonablemente
largas, extensas:
“Users should be
encouraged to make their passwords as lengthy as they want, within reason.”
Eso sí, no nos
están diciendo que nuestra contraseña sea los dos volúmenes completos del
Quijote en castellano antiguo. Eso sería computacionalmente ridículo, debido al
gasto relativo al cálculo del hash resultante y a que podría ser fácil de
adivinar si conocen nuestros habituales para la lectura.
En relación a la complejidad, clarifican
muchas de las sospechas que teníamos con la experiencia. Incluso con reglas de composición
de contraseñas el usuario (vuelve a) opta por el camino fácil. Por ejemplo, si
ha de usar mayúsculas y números pasa de “password” a “Password1” y si tiene que
meter signos vuelve a hacer de las suyas con el ya clásico: “Password1!”. Para evitar
estas martingalas se recomienda la comparación con una lista
negra de contraseñas que no permita pasar tamaños actos de lucidez.
En definitiva, el gran problema
de las contraseñas sigue siendo el ilustre usuario, y el reto de la seguridad
es aliviar el peso que supone su falta de adiestramiento o ese gran porcentaje
de sentidos comunes a estrenar, impecables y sin uso. La contraseña es un
reducto del pasado, pero un pasado que aún sigue siendo presente y se niega a ser
jubilado. Condenados a vivir con ella, al menos un tiempo más, la nueva norma
dicta que más que una excesiva complejidad tomemos una longitud considerable y
una buena capacidad para generar ítems aleatorios (palabras, símbolos, …), a
ser posible con una distribución uniforme que aleje a la fuerza bruta y las
listas de diccionarios muy lejos de la adivinación.
Ahora y por fin, después de tantos años, ya
sabemos la respuesta definitiva a la
pregunta sobre las contraseñas, la seguridad y todo lo demás:
“correcto caballo
batería grapa”
David García
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